“Me llamo Marina, tengo 32 años y tengo una constitución normal, ni soy muy delgada, ni soy muy gorda. Cualquier médico diría que estoy estupenda. Pero a raíz de que un día engordé 4 kilos de más, me sobrevino una sensación de pérdida de control que todavía no me la he quitado. A partir de aquel momento, mi cabeza dictaminó que mi “peso ideal” era 59,000 kg. Así que cuando paso un fin de semana de excesos y mi peso sube a 60,200 kg sencillamente me horroriza. Nadie nota, obviamente, ese insignificante cambio, pero yo me siento gorda. Y todo por una simple cifra, que si lo pienso en frío, ¡carece de importancia!”

 

¿Qué es el control?

El control es un sistema de autodefensa que activamos cuando sentimos que el mundo, las circunstancias o lo que nos rodea puede cambiar de un momento al otro y hacernos sentir desdichados. Al percibir lo que nos rodea como incontrolable, nos resistimos hasta tal punto a ello que, para contrarrestarlo, trazamos una estrategia de control ilusoria. Puede ser mantener a raya tu peso, salvaguardar tu dinero, asegurar tu red de amigos, velar por tu salud, cerciorarte de que tu pareja permanecerá allí o de que el orden y la limpieza de tu casa se mantienen intactos.

“Si mantengo mi peso a raya, estaré a salvo”

“Si ahorro cada mes lo que me propongo, todo irá bien”

“Si sé todo lo que hace mi pareja, protegeré la relación”

 ¿Lo ves?

Cada persona víctima del control excesivo traza su propia teoría para sentirse seguro. En consulta y entre mis amistades, he visto como el control coge forma a través de un concepto, persona, idea o ritual. Cada cual crea en su imaginación su propia creencia sobre lo que debe mantener bajo control, asegurándose así que la vida no le depare ninguna tragedia. ¡Bendita inocencia!

 

Lo que no te ayuda

Tus queridos amigos y familiares que están al corriente de tu problema, intentan animarte centrándose en lo que aparentemente te preocupa, lo que yo llamo en consulta “La punta del iceberg”: el peso, la salud, la pareja, la economía, los amigos, el trabajo, el orden…

Pero lo que ellos no saben es que tu verdadero problema no tiene que ver con tu queja. Eso es sólo la forma enmascarada que te has inventado para ejercer un potente control sobre tu vida, con la falsa idea de que estarás a salvo.

¿Acaso el Titanic fue hundido por el pedacito de hielo que asomaba en medio del océano? Te aseguro que era por una profunda masa congelada que habitaba en medio del mar: tu necesidad de control.

“Si comes sano esta semana y haces deporte, ¡Ese 1,200 kg lo bajas en nada! Además, estás estupenda.”

“¿No ves que te quiere? Sino no estaría contigo”

“Estás más que sano, en la analítica de sangre del mes pasado hubieran salido resultados alterados si tuvieras algo, estate tranquilo”

El control es insaciable. Puedes pesarte cada semana, hacerte chequeos médicos cada dos meses, revisar el móvil de tu pareja cada vez que se entretiene en la ducha o mantener a esa red de supuestos amigos asistiendo religiosamente a cada evento que organizan, a pesar de que no te encaje ese día. ¿Qué importa eso? Lo que importa es que cumpliendo con el grupo, te sentirás a salvo: “Pertenezco a este clan de gente y me aseguro de que estén ahí para sentirme protegido”.

Suena crudo, pero en más ocasiones de las que piensas, las personas sacrifican sus apetencias en beneficio de aquello que les hace sentir seguros.

 

Y si no controlo, ¿Qué hago?

El control siempre llama a más control. Si ese día revisas el móvil de tu pareja, ilusoriamente y por unos instantes te sentirás a salvo. Al igual que si sabes con quién ha estado esa tarde y con qué otros, interactúa habitualmente. Pero mañana necesitarás de nuevo comprobar que estás protegido. Aún así, si te quiere engañar, lo hará. Y si aparecen nuevas personas en su vida, no vas a poder impedirlo y ¡Menos mal!

La voluntad del otro y las circunstancias jamás las podrás controlar.

Acepta que existen aspectos en esta vida que no te pertenecen y que la omnipotencia que anhelas, tiene que ser frustrada y cuanto antes mejor ya que no corresponde a tu naturaleza humana.

Cuando un padre cuida de un hijo, durante los primeros años ejerce un control sano sobre él. El pequeño no se sabe valer por sí mismo y la misión del progenitor es mantenerlo a salvo, vigilando cualquier amenaza que puede dañarle.

Pero, ¿Qué ocurre cuando el pequeño ya es mayor? Su querido padre deberá, de forma adaptativa, dejar el control de lado para dar paso a la confianza.

La confianza no implica jamás garantías, pero en el mundo de los adultos, es la única vía sana de movernos.  No podrá controlar el alcohol que toma en esa fiesta, tampoco si consume algo de drogas, si se relaciona con alguien que no debe o si alguien conduce de forma temerosa el coche en el que va a volver a casa. Sin embargo, confía en que el chico llegará a casa sano y salvo.

Al igual que confiamos en que nuestra pareja permanecerá a nuestro lado, nuestra constitución corporal se mantendrá más o menos estable, que la salud de la que gozamos nos acompañará a lo largo de nuestros días y que los que consideramos amigos seguirán ahí.

¿Y si no ocurre? Sencillamente sólo nos queda confiar en que dispondremos de los recursos de afrontamiento para amortiguar los golpes, nada más.

Y tú, ¿Bajo qué formas adquieres el falso control?

Déjanos tus ideas, ¡Seguro que más de uno se sentirá identificado!

Para profundizar más sobre el tema…

4 ideas para dejar de controlarlo todo

Psicóloga experta en vínculos y relaciones

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