Este post va dedicado a todos aquellos que han decidido dar el paso y romper con una relación, muy a pesar del otro. ¡No sabéis en cuantas conversaciones me he visto envuelta con personas que han dejado a su pareja, pero que se ven atrapadas en una relación que aparentemente no desean, sin poder ponerle fin. Ya tenemos dos roles: “el que lo deja” y “al que le dejan”.

¿Quién dijo que dejar a alguien fuera fácil? Históricamente, se ha mantenido que el que es dejado es el que sufre realmente las consecuencias. Aún así, existes efectos colaterales que puede que no permitan avanzar al que sí ha dado el paso.

La culpa, la duda o ese afán por cuidar al otro son algunos de los enemigos que dificultarán que la ruptura sea limpia y efectiva.

He aquí un listado de los obstáculos más frecuentes con los que estas personas deben lidiar y algunos de mis puntos de vista. Si es tu caso, ¡Espero que te ayuden a cambiar el prisma! 😉

 

“No quiero que lo pase mal”

Lamentablemente, eso no puedes evitarlo. Una ruptura de pareja es un duelo y, emocionalmente hablando, se puede llegar a sentir el mismo desconsuelo que cuando alguien fallece tal y como explica la coach y escritora Covadonga Pérez-Lozana. En este caso, nadie muere, pero sí lo hace la relación que habíais construido.

Pretender que la persona a la que has dejado no sienta tristeza, rabia, desesperación, ansiedad y apatía, es psicológicamente imposible. De hecho, sería insano que no sintiera todo este repertorio emocional. Pretender salvarle preocupándote de él, viéndole cuando te lo solicita y contestándole a sus llamadas y WhatsApp’s para aliviarle el sufrimiento genera el efecto contrario: ¡Estás alimentando su esperanza! Si quieres que realmente lo pase lo mejor posible, sé congruente. El dolor que siente es inevitable, el sufrimiento de pender de un hilo es opcional.

“¡Me escribe cada día! ¿Qué hago?, ¿No contestarle?”

A menudo, la incapacidad por cortar por lo sano y expresar de forma clara y rotunda tus intenciones, genera una relación sin fin que os hará desgastaros a ambos.

“Pero si ya se lo he dicho claramente y sigue…”.

Primero, pretender que lo entienda es una utopía. ¿Quién entiende que alguien decida prescindir de ti? Puede que lo entienda ahora, en un año o jamás, pero ese no debe de ser tu objetivo. Al fin y al cabo, la manera en que elabore el proceso es sólo responsabilidad del otro.

Segundo, puede que tu lenguaje verbal y no verbal no encajen. Es decir, puede que le hayas repetido cincuenta veces que se ha acabado, pero si sigues respondiéndole, cediéndole llamadas o incluso encuentros, el mensaje que le estás dando queda invalidado por lo que estás haciendo. Sé que parece respetuoso estar allí cada vez que esa persona te requiere, al fin y al cabo la decisión la has tomado tú y seguro que le sigues queriendo de algún modo. Pero alargar esta situación podría distar del respeto que pretendes guardarle.

“Siento mucho a dónde estamos llegando, lo mejor es que dejemos de interactuar por un largo tiempo, así que de ahora en adelante no responderé a tus mensajes. Espero que no lo tomes a mal y lo entiendas. Será lo mejor tanto para ti como para mi, un abrazo fuerte”. ¿Duro? Puede, pero mucho más sano que el doble mensaje que le lanzas constantemente y que eterniza una situación que no sólo crea el otro, sino tú. Así que deja de responsabilizarle.

Párate un momento. ¿Estás seguro de que todas tus concesiones y actos de bondad los haces por el otro? ¿O puede que esta relación de cuidado te sirva como coartada para camuflar tu dependencia y miedo a sentir la ausencia de la que fue tu pareja? Piénsalo.

“Me siento culpable

Las relaciones son así, en algunas ocasiones eres tú quién da el paso y en otras lo dan por ti. Colocarte en el rol de salvador es lo que más va a debilitar al otro. Al fin y al cabo, buscarle un psicólogo, mantener conversaciones telefónicas ofreciéndole apoyo emocional e ir a su casa un domingo de bajón para consolarle le colocarán en un rol más “down” del que estaba, mientras que tú crecerás hasta colocarte cada vez más “up”. ¿La realidad? Ni él está tan abajo ni tú tan arriba. Simplemente son dos roles que se han creado y que vais retroalimentando cada vez que tú le rescatas y él te pide que le rescates. Si le salvas, es porque le ves débil, poco empoderado e incapaz de hacer su vida. ¿Realmente crees que sin ti no va a saber vivir su vida? Dale tiempo y el poder que le corresponde. No es un “pobrecito” sino alguien a quien han dejado y que, más que probablemente, en un tiempo, reorganizará su vida. Respétale.

Si quieres profundizar en el tema, te dejo el link del vídeo de la autora Covadonga Pérez-Lozana que mencionaba antes. ¡Espero que te sirva tanto como a mi!

Psicóloga experta en vínculos y relaciones

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