Nos han enseñado desde pequeños a tratar al prójimo tal y como nos gustaría que nos tratasen a nosotros: con respeto, con aceptación, con honestidad, con tolerancia, con fidelidad…

Pero poco nos han hablado de cómo relacionarnos con nosotros mismos.

Si te pregunto qué entiendes por alguien respetuoso, tolerante, empático, honesto, y fiel, ¿qué responderías?

Seguramente, lo primero que te ha venido a la cabeza son acciones dirigidas hacia terceras personas, o ¿has pensado en la manera en que te tratas a ti mismo?

Muchas veces actuamos de forma opuesta a lo que realmente somos y aunque las cosas no marchen como desearíamos, la sensación de angustia se suma a la de tristeza y todo porqué no nos hemos sido fieles.

Eres atento y cortés con los demás, les apoyas en momentos de vulnerabilidad (“Llora lo que haga falta, es muy saludable.”), en aquellos en que pierden los estribos y no se reconocen a sí mismos (“Hiciste lo que sentiste y eso te hace ser tú mismo.”), en otros en que sentir lo que sienten no es apropiado (“No te fustigues y acepta tus sentimientos, luchar contra ellos te hace daño”) e incluso cuando no aceptan sus errores (“Lo podrías haber hecho mejor pero… ¿y qué? Eso no te hace peor persona, te lo aseguro.”). Pero esa comprensión y tolerancia hacia los otros puede convertirse en juicio y autocastigo hacia uno mismo.

¿Te consideras fiel?

Revisa estos 4 puntos:

1.    Te aceptas en tus diferentes facetas.

Como seres dinámicos que somos, pasamos por diferentes estadios a lo largo de los años o incluso del día. En ocasiones nos situamos en el estadio adulto (racional, sosegado, práctico, eficiente en la resolución de problemas…) y otras en el estadio niño (alocado, espontaneo, creativo, cambiante, pasional…). Y te preguntas “¿Pero quién soy yo?”. La respuesta es que ambos y el equilibrio entre estos es un síntoma de salud mental. Aceptar la bondad de tu “adulto” y tu “niño” es un buen indicador de que eres fiel y respetuoso contigo mismo.

2.    Reconoces tus verdaderos sentimientos.

Los prejuicios y patrones establecidos son un rival para este segundo punto.

Quizás sientas algo que no está dentro de tus planes ni de la imagen que pretendes mostrar a tu entorno, pero inevitablemente lo sientes.

Reconocer estos sentimientos no implica compartirlos, eres dueño de ellos y mostrarlos a los demás o guardarlos para ti es tu única decisión.  Sin embargo, esconderlos es negar una parte de ti, lo que está muy lejos del respeto y de la aceptación. Si tú no lo haces, ¿quién lo hará?

3.    Te tratas con mimo.

Quizás no hiciste lo “correcto”, pero… ¿qué es lo correcto? Eso solamente lo decides tú y tus construcciones mentales. Esta dureza con la que te tratas puede llegar a ser tu peor enemigo. Que salga todo perfecto no es tu obligación, ni siquiera sería natural teniendo en cuenta que perteneces al género humano. Trátate como tratarías a quién más quieres. Un ejercicio rápido: ¿qué le dirías a tu mejor amigo si hubiera cometido el mismo “error” que tú y estuviera angustiado por haberlo hecho? Seguro que la respuesta te ayuda.

4.    Sigues tus propias reglas y convicciones.

En cualquier relación humana, se yuxtaponen la manera de hacer de uno con la del otro. Si te sorprendes a ti mismo resolviendo los conflictos de forma diferente, comunicándote de otro modo, privándote de hacer o decir X, riéndote de aquello que te pone tenso o crispándote por aquello que solías vivir con naturalidad,  quizás estés ocupando un lugar que no es el tuyo.

Si es así, probablemente acabes sintiéndote incómodo. Estás amoldándote a un patrón que corresponde al otro y, seguramente sea porqué deseas que esa relación con tu amigo, amante, compañero, pareja o familiar fluya. Pero, ¿cómo hacer fluir algo que se está forzando?

Siguiendo tus reglas no solamente te sentirás en tu lugar sino que propiciaras el camino para que esa persona te conozca y ambos podáis hacer encajar vuestros respectivos modus operandis.

Para profundizar más sobre el tema…

Cómo ser tu mismo en 3 pasos

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