Siempre se había querido casar, pero no de cualquier manera, sino por todo lo alto. Se imaginaba desde pequeña cómo sería su boda, las palabras tan bonitas de la mano de sus más allegados, e incluso tenía un esbozo del vestido que dejaría sin palabras a sus invitados.

Sentía que ese acontecimiento sería como tachar uno de los elementos esenciales en su checklist.

A menudo detestaba al que se suponía que se iba a convertir en su futuro marido. “¿Este es el precio que tengo que pagar para lograr mi sueño?”. “Me quiero casar”, se repetía. Pero no se repetía con la misma fuerza lo que siempre supuso que debería decir: “Le quiero y quiero casarme con él”.

Sonia había aprendido que, para estar en pareja y casarse, había que aguantar. Así se lo recordaba su madre cada vez que llegaba ofuscada a casa despotricando de las actitudes insolentes de él. No soportaba ese punto lunático y ese mal humor que arremetía contra ella cuando estaba especialmente tenso por temas de trabajo, mientras que a sus amigos siempre les tenía reservada su mejor cara.

Intentaba ser dócil. Sonia sabía que tratarle con cautela, sin reproches y exigencias, le permitiría no acabar mal ese fin de semana. Procuraba ser paciente, comprensiva y detallista cuando él pasaba por sus peores días de estrés y su actitud hacia ella era distante.

“Todos los hombres funcionan así, cuando están estresados son estúpidos. Pero lo mejor es dejarlos tranquilos en lugar de machacarles y exigirles. Después vendrá a ti de lo más cariñoso cuando se le pase. Si empiezas a protestar y a mostrarte ofendida, mal asunto”.

Las palabras de su madre le ayudaban a contener esa rabia que le sobrevenía cuando no se sentía valorada ¿Acaso no era injusto que hubiera comprado salmón para prepararlo al horno esa noche y que él le dijera que no tenía hambre? ¿Acaso no era hiriente que le dijera que quería estar solo? ¿Acaso no era ofensivo que ella le preguntara qué le pasaba y él respondiera con un contundente “nada”?

“¡Es insoportable!”, pensaba. En otras ocasiones era encantador. Sonia sabía que, muy a pesar de sus cambios de humor y rarezas, él siempre permanecería a su lado y jamás le sería infiel. Era un tipo rígido y cuadriculado y si había emprendido este proyecto con ella sería para siempre, a pesar de todo. Ambos se habían encontrado en el momento justo. Deseaban emprender un proyecto de vida en común, convivir juntos e ir acometiendo los pasos sucesivos. Él había apostado por ella y ella por él y eso estaría por encima de sus desavenencias.

El plan de vida de Sonia tenía mucha más fuerza que su deseo de vivir tranquila, lejos de alguien con quien tener que esforzarse día tras día.

Pero Sonia necesitaba evadirse. El flirteo con compañeros de trabajo o con representantes que conocía en eventos fugaces cada vez eran más frecuentes. Sentía que por momentos algún otro hombre la deseaba y que podía ser ella misma, lejos de los consejos que su madre le repetía semana tras semana. Alcohol, risas y drogas. ¿Por qué no? Ser paciente y adaptarse a las necesidades de él era tremendamente cansado. Ya no podía discutir entre gritos, ni poner límites con una de sus pataletas. Al menos con él no. “Es el primer hombre que me respeta y me es fiel, el que me dará una familia”, se decía. Y tenía razón. Su historial de hombres infieles y amantes tóxicos era interminable. ¿Cómo no iba a venerar al primero que le ofrecía exclusividad para siempre?

Pero, ¿Qué había sido de ella, de su espontaneidad, de su locura, de su tono de protesta cuando sentía que no la trataban justamente?

Se había convertido en la chica que debía ser para estar con ese chico, que se suponía que era el que debía ser.

Difícil de resolver. ¿Renunciar a la pasión, la libertad y el desenfreno o a la boda y al proyecto de sus sueños?

Le gustaba contrastar con sus más allegadas su propia teoría sobre el amor, a la que se agarraba como a un clavo ardiendo cuando se sentía desdichada. “Esa pasión y esas ganas de alguien no se protagonizan con el que va a ser tu futuro marido”, repetía. “Eso se vive con los primeros amores locos y es caduco, como el buen sexo”. Cuando sus amigas aprobaban la moción, se sentía aliviada. Como si esa teoría universal la convenciera de que en realidad, era normal lo que le ocurría y que la relación iba bien a pesar de todo.

 

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Psicóloga experta en vínculos y relaciones

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