Sus encuentros fugaces cada vez iban a más. Lo que antes era algo puramente casual, ahora se buscaba. No eran únicamente los afterworks que se les iban de las manos de tanto en tanto lo que les unía.

Marcos la buscaba. Necesitaba esa dosis de pasión y amor fresco que en su actual relación brillaba por su ausencia. María le hacía vivir una realidad paralela para poder soportar su realidad, una relación de casi más de nueve años que le aportaba sosiego, seguridad, confort… Y lo más importante, una relación que sabía que nunca acabaría. Ella se había convertido en su compañera de vida y, a pesar de que muchos otros ingredientes no se los pudiera ofrecer, lo que ella le otorgaba era más que suficiente como para quedarse.

Marcos había aprendido que las cosas tan bellas como María eran volátiles y que, la belleza, la seducción, la pasión, el desenfreno y la ilusión alocada eran elementos caducos y, por ello, tan especiales. Pero la vida requería de una buena red de protección en la que sostenerse tras esas dosis de desenfreno. Sabía que el hogar, la convivencia y la familia que deseaba estarían a salvo con ella y no con María. Por más enamorado que estuviera de ella y por más momentos de duda que le sobreviniesen tras haber pasado la noche abrazado a ella, no eran suficientes como para cargarse su confort.

María había dejado de ser lo fría que aparentaba ser con él. Acostarse con un compañero de trabajo con pareja no entraba dentro de sus objetivos de vida. Pero la atracción que sentía por Marcos le permitió saltarse sus normas.

Se había dejado llevar de manera que se permitía el lujo de ser ella misma. “Ya puestos…”, se decía. El amor que sentía por él era visceral, adolescente, loco. Pero sus valores no encajaban con los de Marcos. Él era infiel, pero no dejaría a la que actualmente era su pareja. Ella era fiel, pero si su corazón se lo dictaba, dejaría lo que hiciera falta. Tan parecidos y tan diferentes.

Por un momento, María deseaba vivir aquella historia de forma plena. Le agotaban los encuentros nocturnos antes de cenar sin compañía para sus cenas. Ella también quería una cena, una mañana y un fin de semana. Sentía que debía recortar sus ganas y lidiar con un secreto que no le correspondía. Deseaba tener pareja. Le desgastaba aquella ambivalencia: la disponibilidad desmesurada de Marcos cuando estaba solo y la distancia que tomaba respecto a ella cuando estaba acompañado.

Sentía que él estaba enamorado de ella y que, quizás, ese sentimiento tan fuerte haría que Marcos encontrara la valentía para salir de su confort y arriesgar por una historia mágica y sin garantías. Ella lo haría, aunque se quedara sin nada por haberse tratado de un error.

Pero María no contemplaba que era el ingrediente que permitía que la relación de Marcos y su pareja se sostuviera. Ella le ofrecía a él todo aquello que éste no encontraba en casa. Lejos de quedarse con ella, le hacía estar más unido a su mujer.

Su historia de amor era el motor de su actual relación de pareja, una bocanada de aire fresco que le daba vida. Seguridad y confort con pasión y desenfreno. Todo lo que él necesitaba para ser feliz, a pesar de que los ingredientes para serlo provinieran de personas distintas.

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