Sentía que había dejado de encajar. Qué extraño… Aquello que antes le motivaba y le hacía esperar con ilusión el fin de semana ahora le aborrecía, le ansiaba, le sentaba mal… Llegaba el domingo a su casa extenuada. De repente, una gran dosis de melancolía le atrapaba y sentía ganas de llorar. No sabía qué le ocurría. Objetivamente había pasado un fin de semana dentro de lo que cualquier persona similar a ella podría desear, lo que le hacía sentir aún más rara.

Sabía que aquello que antes le funcionaba ya no le iba bien, pero se quedaba desarmada: “Entonces, ¿Qué puedo hacer con mi vida?”.

Se acercaba el verano. Todos lo esperaban ansiosos. Era la época del año de felicidad y optimismo por antonomasia. Pero lejos de sentirlo así, su falta de alicientes, de lugar en el mundo y de proyecto vital se hacían más grandes.

Eva no paraba, era inquieta. Revoloteaba de un grupo a otro según el momento de su vida en que se encontrase y solía planear sus espacios libres con actividades que, a priori, le resultaban atractivas.

Sin darse cuenta, actuaba por inercia. Se apuntaba a todo lo que estaba en su mano. No era capaz de preguntarse si aquello le reconfortaba. Antes de eso ya había dicho que sí. Antes de ocuparse de ella, se preocupaba de que sus horas pudieran encajar con aquellos encuentros con amigos. Pero no le llenaban. Las bromas, los temas de conversaciones y los quebraderos de cabeza de unos meses atrás le parecían banales.

“¡Para y escúchate!“, se decía. “¿Me estaré haciendo mayor? Soy una cascarrabias”. No le gustaba en quién se estaba transformando pero a la vez, no le gustaba la gente de quien se rodeaba. Sin darse cuenta, arremetía contra ellos aquella rabia que sentía debida a la incomprensión tan grande de aquello que le ocurría.

Le encantaría estar satisfecha. Ese malestar que sentía le olía a que estaba en proceso de cambio y sabía que los cambios implicaban pérdidas. Pero no le apetecía, al menos en aquel momento.

“Quizás no encajo porqué no es mi lugar. O al menos no es el lugar dónde debo permanecer siempre.” Pero si no estaba siempre, sentía que perdía su sitio privilegiado en aquel grupo. Se debatía en un dilema irresoluble: o estar siempre o no estar. Difícil elección. Ni quedarse sola, ni forzarse a ser alguien que no era. “¿Qué me queda entonces?”.

Temía estar pasando un estadio depresivo, pero su terapeuta le recalcó que la depresión implica destrucción y muerte emocional. Sin embargo, una crisis existencial implica un crecimiento, un cambio de paradigma, lo que sin duda te prepara para seguir viviendo. Por muy angustioso que fuera, a lo que se había aferrado hasta el momento, no era lo que le reconfortaba.

“Pero si hago lo que me hace sentir bien, me quedaré sola”. Era horrible. Eva calzaba un 39, le encantaban los zapatos que llevaba pero le iban pequeños. Quizás era hora de quitárselos y olvidarse de ese dolor de pies por muy bonitos que fueran sus stillettos.

¡Qué dilema! Esforzarse por pertenecer o aceptar quién era y, por tanto, desistir por encajar, dejar de juzgarse por necesitar otras cosas, de tildarse de “rara”. Simplemente aceptarse, aunque eso significara estar más cerca de la soledad, aunque eso implicara ponerlo todo patas arriba y empezar de cero.

 

Si quieres profundizar más sobre el tema:

3 preguntas que deberías hacerte si te sientes solo

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